CONTENIDO DEL BLOG

viernes, 28 de febrero de 2014

Sobre la herejía de ¨los herméticos¨



“… En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 (perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores) y 11:12 (el reino de los cielos padece fuerza) para demostrar que la tierra influye en el cielo, y a I Corintios 13:12 (vemos ahora por espejo, en oscuridad) para demostrar que todo lo que vemos es falso. Quizá contaminados por los monótonos, imaginaron que todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el otro, el que está en el cielo. También imaginaron que nuestros actos proyectan un reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme, si fornicamos, el otro es casto, si robamos, el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a él y seremos él (Algún eco de estas doctrinas perduró en Bloy)…”

Jorge Luis Borges –En Los Teólogos (fragmento)-


“… todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el otro, el que está en el cielo. También imaginaron que nuestros actos proyectan en reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme; si fornicamos, el otro es casto; si robamos, el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a él y seremos él. Otros histriones discurrieron que el mundo concluiría cuando se agotara la cifra de sus posibilidades…”


Civitas Dei

domingo, 23 de febrero de 2014

Sobre la palabra, Liliana Bodoc:


Arte poética








     Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.

     Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

     Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.

     Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema ;

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.

     El Poeta es un pequeño Dios.

Vicente Huidobro

De El espejo de Agua, 1916


 El creacionismo fue un movimiento estético hispánico inscrito en la llamada vanguardia del primer tercio del siglo XX. Su manifestación más importante se produjo en la poesía lírica. En la escritura de una poesía vanguardista del creacionismo son esenciales estos puntos
  • Evita las anécdotas y descripciones
  • Hace énfasis en los efectos visuales
  • El uso novedoso de la tipografía
Iniciado en París por el poeta chileno Vicente Huidobro y el francés Pierre Reverdy, alrededor de 1916; vinculado con las corrientes vanguardistas y experimentales europeas de comienzos del siglo XX, el mismo Huidobro lo introduce en España en 1919. El movimiento hace fortuna entre algunos de los poetas de la Generación del 27. Entre sus seguidores se encuentran los poetas españoles Juan Larrea y Gerardo Diego, quien refleja su ideario creacionista de un «álgebra del lenguaje» en su Fábula de Equis y Zeda. El creacionismo hace de la poesía una imagen representativa. La poesía hallaría su significado en ella misma, obviando la función referencial del lenguaje, es decir, el mundo de los objetos sería secundario, creando un mundo referencial de la propia poesía. Así, el objeto en sí es el poema, no de lo que trate el poema. Desde el creacionismo se pretendió crear una suerte de «álgebra del lenguaje», de forma que los signos lingüísticos adquieran valor por su capacidad para reflejar belleza y no por el objeto al que se haga referencia, por su significado sustancial. Del creacionismo, que influyó en poetas como Juan Larrea y Gerardo Diego, ha perdurado sobre todo el afán de renovación léxica y de creación de imágenes y metáforas. Los nuevos modos de crear imágenes de los creacionistas contagiaron los versos de algunos de los poetas del 27, entre ellos Federico García Lorca.

Fuente: Wikipedia

Heráclito

-Análisis conceptual y estilístico-




El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo.

La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo, la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo…
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es esta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es este
por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es este cuya fuente es inconcebible?
¿Qué río es este
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra
surgen, fatales e ilusorios, los días.


Jorge Luis Borges.

Heráclito de Éfeso (en griego: ράκλειτος φέσιος Herákleitos ho Ephésios), conocido también como «El Oscuro de Éfeso», fue un filósofo griego. Nació hacia el año 535 a. C. y falleció hacia el 484 a. C. Era natural de Éfeso, ciudad de la Jonia, en la costa occidental del Asia Menor (actual Turquía). Como los demás filósofos anteriores a Platón, no quedan más que fragmentos de sus obras, y en gran parte se conocen sus aportes gracias a testimonios posteriores. La obra de Heráclito es netamente aforística. Su estilo remite a las sentencias del oráculo de Delfos y reproduce la realidad ambigua y confusa que explica, usando el oxímoron y la antítesis para dar idea de la misma. Diógenes Laercio (en Vidas..., IX 1–3, 6–7, 16) le atribuye un libro titulado Sobre la naturaleza (περ φύσεως), que estaba dividido en tres secciones: «Cosmológica», «Política» y «Teológica». No se posee mayor certeza sobre este libro. El primer estudioso en proponer un ordenamiento de los fragmentos fue P. Schuster (1873), poniendo a la cabeza de todos el que posteriormente fue dispuesto como B56 (Diels-Kranz) y que refiere la adivinanza que unos niños plantearon a Homero, y que éste, "el más sabio de todos los griegos", como lo pinta Heráclito (véase más abajo), no supo resolver. I. Bywater en 1877 hizo un reacomodo de los fragmentos conforme a la indicación de Laercio, traducido al español por José Gaos. Es curioso que Bywater no considera importante el fragmento que Schuster pone a la cabeza de todos, y no lo incluye en su propia ordenación. Agustín García Calvo reconstruye la posible estructura del libro en su edición de los fragmentos del mismo, titulada Razón común. Distingue tres apartados: «Razón general», «Razón política» y «Razón teológica». Heráclito afirma que el fundamento de todo está en el cambio incesante. El ente deviene y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. Es común incluir a Heráclito entre los primeros filósofos físicos (φυσικοί, como los llamó Aristóteles), que pensaban que el mundo procedía de un principio natural (como el agua para Tales, el aire para Anaxímenes y el Ápeiron para Anaximandro), y este error de clasificación se debe a que, para Heráclito, este principio es el fuego, lo cual no debe leerse en un sentido literal, pues es una metáfora como, a su vez, lo eran para Tales y Anaxímenes. El principio del fuego refiere al movimiento y cambio constante en el que se encuentra el mundo. Esta permanente movilidad se fundamenta en una estructura de contrarios. La contradicción está en el origen de todas las cosas.Todo este fluir está regido por una ley que él denomina Λόγος (Logos). Este Logos no sólo rige el devenir del mundo, sino que le habla (indica, da signos, fragmento B93DK) al hombre, aunque la mayoría de las personas «no sabe escuchar ni hablar» (fragmento B73DK). El orden real coincide con el orden de la razón, una «armonía invisible, mejor que la visible» (B54DK), aunque Heráclito se lamenta de que la mayoría de las personas viva relegada a su propio mundo, incapaces de ver el real. Si bien Heráclito no desprecia el uso de los sentidos (como Platón) y los cree indispensables para comprender la realidad, sostiene que con ellos no basta y que es igualmente necesario el uso de la inteligencia, como afirma en el siguiente e importante fragmento: Se engañan los hombres [...] acerca del conocimiento de las cosas manifiestas, de la misma manera que Homero, que fue [considerado] el más sabio de todos los griegos. A él, en efecto, unos niños que mataban piojos lo engañaron, diciéndole: 'cuantos vimos y atrapamos, tantos dejamos; cuantos ni vimos ni atrapamos, tantos llevamos' (en Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B56). Al uso de los sentidos y de la inteligencia, hay que agregarle una actitud crítica e indagadora. La mera acumulación de saberes no forma al verdadero sabio, porque para Heráclito lo sabio es «uno y una sola cosa», esto es, la teoría de los opuestos. Quizás el fragmento más conocido de su obra dice:
ποταμος τος ατος μβαίνομεν τε κα οκ μβαίνομεν, εμεν τε κα οκ εμεν τε.
En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos].
en Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12
El fragmento (citado con frecuencia erróneamente como no se puede entrar dos veces en el mismo río, siguiendo a la versión que da Platón en el Crátilo) ejemplifica la doctrina heraclítea del cambio: el río —que no deja de ser el mismo río— ha cambiado sin embargo casi por completo, así como el bañista. Si bien una parte del río fluye y cambia, hay otra (el cauce, que también debe interpretarse y no tomarse en un sentido literal) que es relativamente permanente y que es la que guía el movimiento del agua. Algunos autores ven en el cauce del río el logos que «todo rige», la medida universal que ordena el cosmos, y en el agua del río, el fuego. A primera vista esto puede parecer contradictorio, pero debe recordarse que Heráclito sostiene que los opuestos no se contradicen sino que forman una unidad armónica (pero no estática). Es razonable, entonces, que la otra cara del agua sea el fuego, como él mismo lo adelanta en sus fragmentos. A pesar que existen ciertas similitudes entre Heráclito y Parménides, las doctrinas de ambos siempre han sido contrapuestas (con cierto margen de error), ya que la del primero suele ser llamada «del devenir» o (con cierto equívoco) «del todo fluye», mientras que el ser parmenídeo es presentado como una esfera estática e inmóvil. Era conocido como «el Oscuro», por su expresión lapidaria y enigmática. Ha pasado a la historia como el modelo de la afirmación del devenir y del pensamiento dialéctico. Su filosofía se basa en la tesis del flujo universal de los seres: «Panta rei» (πάντα ρε), todo fluye. El devenir está animado por el conflicto: «La guerra (pólemos) es el padre de todas las cosas», una contienda que es al mismo tiempo armonía, no en el sentido de una mera relación numérica, como en los pitagóricos, sino en el de un ajuste de fuerzas contrapuestas, como las que mantienen tensa la cuerda de un arco. Para Heráclito el arjé es el fuego, en el que hay que ver la mejor expresión simbólica de los dos pilares de la filosofía de Heráclito: el devenir perpetuo y la lucha de opuestos, pues el fuego sólo se mantiene consumiendo y destruyendo, y constantemente cambia de materia. Ahora bien, el devenir no es irracional, ya que el logos, la razón universal, lo rige: «Todo surge conforme a medida y conforme a medida se extingue». El hombre puede descubrir este logos en su propio interior, pues el logos es común e inmanente al hombre y a las cosas (la doctrina de Heráclito fue interpretada, olvidando esta afirmación del logos, en la filosofía inmediatamente posterior —sobre todo, en Platón— como una negación de la posibilidad del conocimiento: si nada es estable, se niega la posibilidad de un saber definitivo). De Heráclito es también la doctrina cosmológica del eterno retorno: la transformación universal tiene dos etapas que se suceden cíclicamente: una descendente por contracción o condensación, y otra ascendente por dilatación.
He aquí algunas frases de Heráclito:
  • «En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]» (citado erróneamente, debido a una obra de Platón, como «Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río»).
  • «La armonía invisible es mayor que la armonía visible».
  • «Ni aun recorriendo todo camino llegarás a encontrar los límites del alma; tan profundo logos tiene».
  • «Pero aunque el logos es común, casi todos viven como si tuvieran un inteligencia (φρόνησιν) particular».
  • «Conviene saber que la guerra es común a todas las cosas y que la justicia es discordia».
  • Heráclito reprocha al poeta que dijo: «¡Ojalá se extinguiera la discordia de entre los dioses y los hombres!», a lo que responde: «Pues no habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales si no hubiera hembra y macho, que están en oposición mutua» (fragmento 9a Walzer = A 22 Diels-Kranz).
 Fuente: Wikipedia

martes, 11 de febrero de 2014

Acerca del ¨crimen perfecto¨ del idioma



De El Crimen PerfectoJean Baudrillard



Para devolver el mundo a su ilusión despiadada, y a su indeterminación inapelable, una única solución: la desinformación, la desprogramación, el jaque a la perfección.

Con la construcción de la torre de Babel rozamos el crimen perfecto. Menos mal que Dios intervino dispersando las lenguas y sembrando la confusión entre los hombres. Pues la dispersión de las lenguas sólo es un desastre desde el punto de vista del sentido y de la comunicación.

Desde el punto de vista del lenguaje en sí, de la riqueza y de la singularidad del lenguaje, es una bendición del cielo —en contra de la secreta intención de Dios, que era castigar a los hombres, pero ¿quién sabe?, tal vez era una astucia del Todopoderoso.

Si todas las lenguas, sin excepción, son tan bellas, es porque son incomparables, irreductibles la una a la otra. Gracias a esta diferenciación ejercen su seducción propia, y gracias a esta alteridad son profundamente cómplices. La auténtica maldición es cuando estamos condenados a la programación universal de la lengua. Ficción democrática de la comunicación, en la que se reconciliarían todas las lenguas a la sombra del sentido y del sentido común. Ficción de la información, de una forma universal de transcripción que anula el texto original. Con los lenguajes virtuales estamos a punto de inventar la anti-Babel, la lengua universal, la auténtica Babilonia, donde todas las lenguas se confunden y prostituyen. Auténtico proxenetismo de la comunicación, que se opone a la ilusión mágica de la alteridad. ¡Como si fuera posible reconciliar las lenguas!

La misma hipótesis es absurda. Podría ser si fueran diferentes, sólo diferentes. Pero las lenguas no son diferentes, son otras. No son plurales, son singulares. E irreconciliables, como todo lo que es singular. Hay que preferir lo singular a lo plural. Convendría extender a todos los objetos la dispersión fatal de las lenguas.

Infectado por el virus de la comunicación, el propio lenguaje cae bajo el golpe de una patología viral. Está claro que padece tradicionalmente retórica, resaca, logorrea, tautología, de la misma manera que un cuerpo puede padecer ataques mecánicos y orgánicos; el signo también puede estar enfermo, pero pese a ello mantiene la forma, y un análisis crítico y clínico puede restablecer siempre las condiciones de su buena forma. Pero con los lenguajes virtuales ya no se trata de una patología tradicional de la forma, sino de una patología de la fórmula, de un lenguaje condenado a unos mandamientos operativos simplificados; cibernético. Entonces es cuando la alteridad hurtada al lenguaje se venga, y se instalan esos virus endógenos de descomposición, contra los cuales la razón lingüística ya no puede nada. Condenado a su disposición numérica, a la repetición infinita de su propia fórmula, el lenguaje, desde el fondo de su genio maligno, se venga desprogramándose por sí solo, desinformándose automáticamente. (¡La desprogramación del lenguaje correrá a cargo del propio lenguaje! ¡La desregulación del sistema correrá a cargo del propio sistema!)

¿Por qué no generalizar esta desprogramación al individuo y al orden social —extender el Síndrome de Babel a la Lotería de Babilonia?

Todo comienza, en la ficción de Borges, con la institución colectiva del azar, con una redistribución aleatoria de los estatutos, de las fortunas y del juego social: la Lotería. Cada una de las existencias se hace singular, incomparable, sin determinación lógica. Y, sin embargo, todo funciona. Todo el mundo acaba por preferirlo al juego social tradicional, también él condenado de todos modos a la arbitrariedad. Ahora bien, es mejor el arbitrario objetivo del azar y la indeterminación manifiesta que la ilusión enmascarada del libre albedrío. Todo el mundo acaba por preferir ser cualquier cosa, al capricho de la Lotería, tener un destino accidental, que una existencia personal. En cualquier caso, hoy nos hemos convertido en cualquier cosa. Pero lo hemos hecho de manera vergonzosa, en la promiscuidad estadística, en la monotonía colectiva, en lugar de serlo de manera deslumbrante, verdaderamente libre, por un defecto venido del exterior.

En la comunicación, los individuos sufren, debido a la promiscuidad y a la interacción perpetua, el mismo destino, la misma ausencia de destino. La comunicación desempeña la función de pantalla total contra las radiaciones de la alteridad. Para preservar la extrañeza de unos respecto a otros, ese destino personal de una «singularidad vulgar». (G. Agambden), para romper esa programación «social» del intercambio que iguala los destinos, basta con introducir la arbitrariedad del azar o de una regla de juego. Contra la escritura automática del mundo: la desprogramación automática del mundo.

A diferencia de todas las ilusiones que se presentan como verdad (incluida la de la realidad), la ilusión del juego se presenta como tal. El juego no exige que se crea en él, y tampoco se trata de creer en las apariencias cuando se presentan como tales (en el arte, por ejemplo). Pero como no creen en ellas, existe una relación aún más necesaria de los jugadores con la regla del juego: un pacto simbólico, que nunca es el de la relación con la ley. La ley es necesaria, la regla es fatal. No hay nada que entender de la regla. Los mismos jugadores no tienen por qué entenderse. No son reales el uno para el otro, son cómplices de la misma ilusión, que debe ser compartida, en lo que es superior a la verdad y a la ley, que pretenden reinar por completo.

De ahí el hecho paradójico de la ilusión como único principio democrático auténtico.

Nadie es igual ante la ley, mientras que todos son iguales ante la regla, puesto que es arbitraria.

Así pues, la única democracia es la del juego. Por eso las clases pobres se entregan a él con furor.

Si bien la ganancia del juego es desigual —es la «fortuna», pero no hay que responder de esta desigualdad ante la conciencia—, la distribución de las posibilidades, en cambio, es igual, ya que corresponden al azar. No es justa ni injusta. Así pues, los habitantes de Babilonia acaban por preferir la distribución azarosa de los destinos, porque les deja en libertad de actuar en la inocencia total. Al ser la incertidumbre nuestra condición fundamental, el milagro del juego consiste en transformar esta incertidumbre en regla de juego, y escapar de ese modo a la condición natural.

Con esta idea del Juego y de la Lotería, de la Singularidad y de lo Arbitrario, acaba la obsesión de un Dios racionalista que engloba en su visión todos los detalles del universo y regula todos sus movimientos. Situación agotadora la idea de que el más mínimo pensamiento, el menor batido de alas de una mariposa, pudieran ser contabilizados en el programa de conjunto de la creación, provocando en cada uno de nosotros una responsabilidad máxima. Nos hemos liberado de esa obsesión con la Lotería y la turbulencia aleatoria. ¡Qué alivio saber que se han producido innumerables procesos no sólo sin nosotros, sino sin Dios y sin nadie! Los Antiguos eran más listos que nosotros. Habían confiado a los dioses la responsabilidad del mundo, de sus accidentes, de sus caprichos, lo cual les dejaba la libertad de actuar a su modo. Los dioses encarnaban el juego, el caos, la ilusión del mundo, y no su verdad. Es posible que con la teoría del Juego y del Caos estemos a punto de desprendernos de esa responsabilidad histórica, responsabilidad terrorista de la salvación y de la verdad, que explotan la ciencia y la religión, y de recuperar la misma libertad de los Antiguos.



En El crimen perfecto
Título original: Le crime parfait
Jean Baudrillard, 1995
Traducción: Joaquín Jordá
Foto:Jean Baudrillard, 1983 - Paris © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis